En una noche de verano hace 13 años atrás salía yo de un restaurante y camino a mi automóvil paso por unos zafacones y entre sacos de basura veo a esta gatita. Mi corazón no pudo resistir y me la llevé a casa. Le di comida, agua y una toalla para dormir. Mi plan era llevarla al veterinario al día siguiente y ver cómo estaba de salud; de estar muy enferma, pagaría para que no sufriera más. Es imposible explicar el sentimiento de alegría que me invadió cuando me dijeron que aunque tenía pulmonía y asma, ninguna enfermedad era incurable. Con medicinas y cuidado se podía salvar. Y así, de repente, tenía una nueva gata en mi vida.
Adoptar a un gato de la calle es una obra de caridad, y aunque en mi caso fue positivo, tengo que admitir que la acción no siempre tiene un final feliz. Muchos gatos de la calle sufren enfermedades incurables, así como traumas en su comportamiento muy difíciles de vencer. Conoce sobre otros sistemas de adopción donde te garantizan un gatito saludable.
Foto: Anja Thiedmann


Comentarios